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martes, 19 de marzo de 2013

Túpac Amaru



El 19 de marzo de 1738 nació en Surimana, Canas, Virreinato del Perú, José Gabriel Condorcanqui Noguera, mejor conocido como Túpac Amaru, líder indígena que encabezó el mayor movimiento de corte indigenista e independentista en el Virreinato del Perú, siendo el primero en levantar su grito de libertad en la América toda, planteando la eliminación de toda forma de dependencia, subyugación y explotación de los pueblos indígenas.

Túpac Amaru II conmocionó e hizo temblar de pavor al régimen colonial español más omnímodo del planeta tierra en el siglo XVIII con la insurgencia que lideró de noviembre de 1780 a mayo de 1781.

Fue descendiente directo de Juana Pilcowaco, hija del último Inca Túpac Amaru ajusticiado por el virrey Francisco de Toledo en la plaza cuzqueña de Waycaypata.

Teniendo ese origen ilustre y simbólico heredó el cacicazgo de Tungasuca, Surimana y Pampamarca.

Era arriero de oficio, dueño de una piara de 350 mulas con las cuales hacía transporte de carga entre las ciudades de Potosí y Lima.

Al llegar a los 20 años contrajo matrimonio con Micaela Bastidas de apenas quince años, natural del pueblo de Pampamarca, con la que tuvo tres hijos varones: Hipólito, Mariano y Fernando.

Ella lo acompañó en su gesta libertaria dirigiendo el ejército de retaguardia, razón por la cual con atroz suplicio también fue subida al cadalso.

El 4 de noviembre de 1780 se inicia el movimiento militar liderado por Tupac Amaru, los objetivos que se plantea esta insurrección son: la defensa de las condiciones de trabajo del indio y el reconocimiento de los legítimos derechos de la antigua nobleza incaica y en el marco de estas exigencias, lograr la unificación de las distintas comunidades, desperdigadas como consecuencia del mismo proceso colonizador e incluso a un sector importante de mestizos para conseguir una alianza “anti-española”.

La rebelión se inició en la provincia de Tinta y se extiende por veinticuatro provincias, desde el Cusco hasta las fronteras de Tucumán. Su duración fue de tres años, tiempo en el cual murieron cien mil indígenas. Mientras las tropas de Tupac Amaru podrían haber llegado entre cuarenta y sesenta mil hombres en el mejor momento, es decir, cuando se produce el sitio de la capital del Cuzco, el ejército realista estaba conformado por más de treinta mil.

Al lograr grandes proporciones la insurrección, la movilización de las masas indígenas produjo el temor blanco, lo que se percibe históricamente en la actuación que tuvieron las autoridades virreinales, luego de aplacar la rebelión, cuando intentaron acabar con el mito del Inkarrí y toda la descendencia de la familia Tupac Amaru.

El líder de la insurrección fue ejecutado públicamente en 1781, en compañía de su esposa, sus hijos mayores y seguidores más cercanos. Su cuerpo mutilado fue esparcido por las diversas zonas que participaron en la sublevación. Como la ejecución del líder no logró el objetivo esperado, los españoles ordenaron la extinción de toda la descendencia de Tupac Amaru hasta el cuarto grado de consanguinidad, la prohibición de la circulación y lectura de los comentarios del inca Garcilaso de la Vega y la restricción de información genealógica de la nobleza incaica; así como la supresión de la enseñanza de la lengua quechua en la universidad de San Marcos.

Con posterioridad a la terminación ya de la segunda mitad del siglo XVIII tuvo lugar en el virreinato de la Nueva España diversas revueltas, motines y sublevaciones de indígenas. Pero ninguna de estas formas de descontento logró tener la trascendencia y explosividad que caracterizó a la rebelión de José Gabriel Tupac Amaru, ni siquiera la revuelta de 1761 encabezada por Jacinto Canek en Yucatán. Al igual que en la sublevación de Los Andes, la incitación del sentimiento indígena en contra de los blancos fue el móvil principal de esta revuelta, que logró infundir alarma entre los habitantes blancos de la apartada península. Las autoridades virreinales pusieron fin a esta insurrección, por medio de sus métodos tradicionales de organizar expediciones militares seguidas por la ejecución pública y sádica de líderes indígenas.

Tupac Amaru sería el primero en dar ese grito de libertad que se esparciría por toda la América combativa, después de él, ya esta jamás volvería a ser la misma, vendrían millones de Túpac Amaru a luchar por nuestra dignidad y soberanía a seguir su combate libertario por nuestra independencia, solo que esta vez estamos cargados de victoria y futuro.

Fuente:

Lewin Boleslao, La rebelión de Túpac Amaru y los Orígenes de la Independencia Hispanoamericana. SELA. Buenos Aires. 2004.

sábado, 16 de marzo de 2013

Hasta la Independencia



Murió en la Batalla de Carabobo el 24.6.1821.
Actuó como oficial de caballería (teniente) del ejército de Venezuela en la Guerra de Independencia. El apodo de Negro Primero con el que se le conoce, se inspiró en su bravura y destreza en el manejo de la lanza.
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El Negro y El Catire - Simón Díaz
Se conocieron los dos por los lados de payara
Uno levantó la voz y el otro no dijo nada
Se pusieron a luchar no quedaba mas remedio
Mucuritas, el Yagual y las Queseras del Medio
Agarraron lanza en mano repartieron sangre y grito
El catire comandando y el negro de primerito
Pero el catire lloró porque con el pecho abierto el negro le dijo adiós porque ya estaba muerto

sábado, 9 de marzo de 2013

DESPUÉS DE 4 DÍAS LAS COLAS PARA VER A CHÁVEZ CRECEN TODAVÍA MÁS (VÉALAS)



El pueblo seguidor fiel del presidente Chávez se ha armado de paciencia para tener su momento al lado del máximo líder.









"Casa de Ezequiel Zamora será Patrimonio Cultural de la Nación"


 


"El vicepresidente Ejecutivo dijo que de inmediato debe redactarse un decreto donde la edificación sea reconocida como Patrimonio Cultural y dependa directamente del Gobierno Bolivariano". Mas Información en el siguiente enlace: http://www.correodelorinoco.gob.ve/regiones/casa-ezequiel-zamora-pasa-a-ser-patrimonio-cultural-nacion/ |PDLB|

la biografía de Antonio José de Sucre




Lea la biografía de Antonio José de Sucre escrita por El Libertador Simón Bolívar

El General Antonio José de Sucre nació en la ciudad de Cumaná, en las provincias de Venezuela, el 3 de Febrero de 1795, de padres ricos y distinguidos.

Recibió su primera educación en la capital de Caracas. En el año de 1808, principió sus estudios en Matemática para seguir la carrera de ingenieros. Empezada la revolución se dedicó a esta arma y mostró desde los primeros días una aplicación y una inteligencia que lo hicieron sobresalir entre sus compañeros. Muy pronto empezó la guerra, desde luego el General Sucre salió a campaña. Sirvió a las órdenes del General Miranda con distinción en los años 11 y 12. Cuando los Generales Mariño, Piar, Bermúdez y Valdés emprendieron la reconquista de su patria, en el año de 13, por la parte oriental, el joven Sucre les acompañó a una empresa la más atrevida y temeraria. Apenas un puñado de valientes, que no pasaban de ciento, intentaron y lograron la libertad de tres provincias. Sucre siempre se distinguía por su infatigable actividad, por su inteligencia y por su valor. En los célebre campos de Maturín y Cumaná se encontraba de ordinario al lado de los más audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios mayores. Quinientos paisanos armados, mandados por el intrépido Piar, destrozaron ocho mil españoles en tres combates en campo raso. El General Sucre era uno de los que se distinguían en medio de estos héroes.

El General Sucre sirvió al Estado Mayor General del Ejército de Oriente desde el año de 14 hasta el de 17, siempre con aquel celo, talento y conocimientos que los han distinguido tanto. El era el alma del ejército en que servía. El metodizaba todo; él lo dirigía todo, más, con esa modestia, con esa gracia, con que hermosea cuanto ejecuta. En medio de las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución, el General Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de consejo, de guía, sin perder nunca de vista la buena causa y el buen camino. El era el azote del desorden y, sin embargo, el amigo de todos.

Su adhesión al Libertador y al Gobierno lo ponían a menudo en posiciones difíciles, cuando los partidos domésticos encendían los espíritus. El General Sucre quedaba en la tempestad semejante a una roca, combatida por las olas, clavando los ojos en la patria, en la justicia y sin perder, no obstante, el aprecio y el amor de los que combatía.

Después de la batalla de Boyacá, el General Sucre fue nombrado Jefe del Estado Mayor General Libertador, cuyo destino desempeñó con su asombrosa actividad. En esta capacidad, asociado al General Briceño y Coronel Pérez, negocio el armisticio y regularización de la guerra con el General Morillo el año de 1820. Este tratado es digno del alma del General Sucre: la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra; el será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho.

Luego fue destinado desde Bogotá, a mandar la división de tropas que el Gobierno de Colombia puso a sus órdenes para auxiliar a Guayaquil que se había insurreccionado contra el Gobierno Español. Allí Sucre desplegó su genio conciliador, cortés, activo, audaz.

Dos derrotas consecutivas pusieron a Guayaquil al lado del abismo. Todo estaba perdido en aquella época: nadie esperaba salud, sino en un prodigio de la buena suerte. Pero el General Sucre se hallaba en Guayaquil, y bastaba su presencia para hacerlo todo. El pueblo deseaba librarse de la esclavitud: el General Sucre, pues, dirigió este noble deseo con acierto y con gloria. Triunfa en Yaguachi, y libró así a Guayaquil. Después un nuevo ejército se presentó en las puertas de esta misma ciudad, vencedor y muy fuerte. El General Sucre lo conjuró, lo rechazó sin combatir. Su política logró lo que sus armas no habrían alcanzado. La destreza del General Sucre obtuvo un armisticio del General español, que en realidad era una victoria. Gran parte de la batalla de Pichincha se debe a esta hábil negociación; porque sin ella, aquella célebre jornada no habría tenido lugar. todo habría sucumbido entonces, no teniendo a su disposición el General Sucre medios de resistencia.

El General Sucre formó, en fin, un ejército respetable durante aquel armisticio con las tropas que levantó en el país, las que recibió del Gobierno de Colombia y con la división del General Santa Cruz que obtuvo del Protector del Perú, por resultado de su incansable perseverancia en solicitar por todas partes enemigos a los españoles poseedores de Quito.

La Campaña terminó la guerra del Sur de Colombia, fue dirigida y mandada en persona por el General Sucre; en ella mostró sus talentos y virtudes militares; superó dificultades que parecían invencibles; la naturaleza le ofrecía obstáculos, privaciones y penas durísimas: mas a todo sabía remediar su genio fecundo. La batalla de Pichincha consumó la obra de su celo, de su sagacidad y de su valor. Entonces fue nombrado, en premio de sus servicios, general de división e Intendente del Departamento de Quito. Aquellos pueblos veían en él su Libertador, su amigo; se mostraban más satisfechos del jefe que les era destinado, que de la libertad misma que recibían en sus manos. El bien dura poco, bien pronto lo perdieron.

La pertinaz ciudad de Pasto se subleva poco después de la capitulación que les concedió el Libertador, con una generosidad sin ejemplo en la guerra. La de Ayacucho, que acabamos de ver con asombro, no le era comparable. Sin embargo, este pueblo ingrato y pérfido obligó al General Sucre a marchar contra él, a la cabeza de unos batallones y escuadrones de la guardia colombiana. Los abismos, los torrentes, los escarpados precipicios de Pasto fueron franqueados por los invencibles de Colombia. El General Sucre los guiaba, y Pasto fue nuevamente reducido al deber. El General Sucre, bien pronto, fue destinado a una doble misión militar y diplomática cerca de este gobierno, cuyo objeto era hallarse al lado del Presidente de la República para intervenir en la ejecución de las operaciones de las tropas colombianas auxiliares del Perú. Apenas llegó a esta capital, que el gobierno del Perú le instó, repetida y fuertemente, para que tomase el mando del ejercito unido; él se denegó a ello, siguiente su deber y su propia moderación hasta que la aproximación del enemigo con fuerzas muy superiores convirtió la aceptación del mando en una honrosa obligación.

Todo estaba en desorden: todo iba a sucumbir sin un jefe militar que pusiese en defensa la plaza del Callao, con las fuerzas que ocupaban la capital. El General Sucre tomó, a su pesar, el mando.

El Congreso, que había sido ultrajado por el Presidente Riva-Agüero, depuso a este magistrado luego que entró en el Callao, y autorizó al General Sucre para que obrase militar y políticamente como Jefe Supremo. Las circunstancias eran terribles, urgentísimas: no había que vacilar, sino obrar con decisión.

El General Sucre renunció, sin embargo, el mando que le confería el Congreso, el que siempre insistía con mayor ardor en el mismo empeño, como que era el único hombre que podía salvar la patria en aquel conflicto tan tremendo. El Callao encerraba la caja de Pandora, y al mismo tiempo era el caos. El enemigo estaba a las puertas con fuerzas dobles: la plaza no estaba preparada para un sitio: los cuerpos del ejército que la guarnecían eran de diferentes estados, de diferentes partidos; el Congreso y el Poder Ejecutivo luchaban de mano armada; todo el mundo mandaba en aquel lugar de confusión, y al parecer el General Sucre era responsable de todo. El, pues, tomó la resolución de defender la plaza, con tal que las autoridades supremas la evacuasen, como ya se había determinado de antemano por parte del Congreso y del Poder Ejecutivo. Aconsejó a ambos cuerpos que se entendiesen y transigiesen sus diferencias en Trujillo, que era el lugar designado para su residencia.

El General Sucre tenía ordenes positivas de su Gobierno de sostener al Perú, pero de abstenerse de interferir en sus diferencias intestinas; esta fue su conducta invariable, observando religiosamente sus instrucciones. Por lo mismo, ambos partidos se quejaban de indiferencia, de indolencia, de apatía por parte del General de Colombia, que si había tomado el mando militar había sido con suma repugnancia y sólo por complacer a las autoridades peruanas; pero bien resuelto a no ejercer otro mando que el estrictamente militar. Tal fue su comportamiento en medio de tan difíciles circunstancias. El Perú puede decir si la verdad dicta estas líneas.

Las operaciones del General Santa Cruz en el alto Perú habían empezado con buen suceso y esperanzas probables. El General Sucre había recibido órdenes de embarcarse con cuatro mil hombres de las tropas aliadas hacia aquella parte. En efecto dirige su marcha con tres mil colombianos y chilenos; desembarca en el puerto de Quilca, y toma la ciudad de Arequipa. Abre sus comunicaciones con el General Santa Cruz que se hallaba en el Alto Perú; a pesar de no recibir demanda alguna de dicho General, de auxilios, dispone todo para obrar inmediatamente contra el enemigo común. Sus tropas habían llegado muy estropeadas, como todas las que hacen la misma navegación; los caballo y bagajes, había costado una inmensa dificultad obtenerlos; las tropas de Chile se hallaban desnudas, y debieron vestirse antes de emprender una campaña rigurosa. Sin embargo, todo se ejecutó en pocas semanas. Ya la división del General Sucre había recibido parte del General Santa Cruz, que la llamaba en su auxilio, y algunas horas después de la recepción de este parte estaba en marcha, cuando se recibió el triste anuncio de la disolución de la mayor parte de la división peruana en las inmediaciones del Desaguadero. Por entonces todo cambia de aspecto. Era, pues, indispensable mudar el plan. El General Sucre tuvo una entrevista con el General Santa Cruz en Monquegua, y allí combinaron sus ulteriores operaciones. La división que mandaba el General Sucre vino a Pisco y de allí pasó, por orden del Libertador, a Supe para oponerse a los planes de Riva-Agüero que obraba de concierto con los españoles.

En estas circunstancias el General Sucre instó al Libertador porque le permitiese ir a tomar el valle de Jauja con las tropas de Colombia, para oponerse allí al General Canterac, que venía del Sur. Riva-Agüero había ofrecido cooperar a esta maniobra más su perfidia pretendía engañarnos. Su intento de dilatarla hasta que llegasen los españoles, sus auxiliares. Tan miserable treta no podía alucinar al Libertador, que la había previsto con anticipación, o más bien la conocía por documentos interceptados de los traidores y de los enemigos.

El General Sucre dio en aquel momento un brillante testimonio de su carácter generoso. Riva-Agüero lo había calumniado atrozmente: lo suponía autor de los decretos del Congreso; el agente de la ambición del Libertador; el instrumento de su ruina. No obstante esto, Sucre ruega encarecida y ardientemente al Libertador, para que no lo emplee en la campaña contra Riva-Agüero, no aún como simple soldado; apenas se pudo conseguir de él, que siguiese como un espectador y no como un jefe del ejército unido; su resistencia era absoluta. El decía que de ningún modo convenía la intervención de los auxiliares en aquella lucha, e infinitamente menos la suya propia, porque se le suponía enemigo personal de Riva-Agüero y competidor al mando. El Libertador cedió con infinito sentimiento, según se dijo, a los vehementes clamores del General Sucre. El tomó en persona el mando del ejército, hasta que el general La Fuente por su noble resolución de ahogar la traición de su jefe, y la guerra civil de su patria, prendió a Riva-Agüero y sus cómplices. Entonces el General Sucre volvió a tomar el mando del ejército; lo acantonó en la Provincia de Huailas, donde se le ordenó; y allí su economía desplegó todos sus recursos para mantener con comodidad y agrado a las tropas de Colombia. Hasta entonces aquel departamento había producido muy poco, o nada al Estado. Sin embargo el General Sucre establece el orden más estricto para la subsistencia del ejército, conciliando, a la vez, el sacrificio de los pueblos, y disminuyendo el dolor de las exacciones militares con su inagotable bondad y con su infinita dulzura. Así fue que el pueblo y el ejército se encontraron tan bien cuanto las circunstancias lo permitían.

Sucre tuvo órdenes de hacer un reconocimeinto de la frontera, como lo efectuó con el esmero que acostumbra, y dictó además aquellas providencias preparatorias que debían servirnos para realizar la próxima campaña.

Cuando la traición del Callao y de Torre-Tagle llamaron los enemigos a Lima, el General Sucre recibió órdenes de contrarrestar el complicado sistema de maquinaciones pérfidas que se extendió en todo el territorio contra la libertad del país, la gloria del Libertador, y el honor de los colombianos. El General Sucre combatió con suceso a todos los adversarios de la buena causa; escribió con sus manos resmas de papel para impugnar a los enemigos del Perú y de la libertad; para sostener a los buenos, y para confortar a los que comenzaban a desfallecer por los prestigios del error triunfante. El General Sucre escribía a sus amigos que más interés había tomado por la causa del Perú, que por la que fuese propia o perteneciese a su familia. Jamás había desplegado un celo tan infatigable; más sus servicios no se vieron burlados: ellos lograron retener en la causa de la patria, a muchos que la habrían abandonado sin el empeño generoso de Sucre. Este General tomó al mismo tiempo a su cargo la dirección de los preparativos que produjeron el efecto maravilloso de llevar el ejército al valle del Jauja por encima de los Andes, helados y desiertos. El ejército recibió todos los auxilios necesarios debidos, sin duda, tanto a los pueblos peruanos que los presentaban como al jefe que los había ordenado tan oportuna y discretamente.

El General Sucre después de la acción de Junín se consagró de nuevo a la mejora y alivio del ejército. Los hospitales fueron provistos por él, y los piquetes que venían de alta al ejército, eran auxiliados por el mismo General; estos cuidados dieron al ejército dos mil hombres, que quizás habrían perecido en la miseria sin el esmero del que consagra sus desvelos a tan piadoso servicio. Para el General Sucre todo sacrificio por la humanidad y por la patria, le parece glorioso. Ninguna atención bondadosa es indigna de su corazón: él es el general del soldado.

Cuando el Libertador lo dejó encargado de conducir la campaña durante el invierno que entraba, el General Sucre desplegó todos los talentos superiores que lo habían conducido a obtener la más brillante campaña de cuantas forman la gloria de los hijos del nuevo mundo. La marcha del ejército unido desde la Provincia de Cochabamba hasta Huamanga, es una operación insigne, comparable quizá a lo más grande que presenta la historia militar. Nuestro ejército era inferior en mitad al enemigo, que poseía infinitas ventajas materiales sobre el nuestro. Nosotros nos veíamos forzados a desfilar sobre riscos, gargantas, ríos, cumbres, abismos, siempre en presencia de un ejército enemigo y siempre superior. Esta corta, pero terrible campaña, tiene un mérito que todavía no es bien conocido en su ejecución: ella merece un Cesar que la describa.

La Batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años, y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos. Ayacucho semejante a Water loo, que decidió del destino de Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla, y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza.

El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada.

Lima 1825.
 

viernes, 8 de marzo de 2013

FELIZ DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA




La conmemoración del Día de la Mujer es nacida de una historia sangrienta...en donde el abuso, la explotación y la impunidad causó la muerte de 146 mujeres, algunas quemadas y otras muertas en la banqueta porque se arrojaron ante el temor de las llamas...no fue gracias a las mujeres bonitas, amables, de bien y sobre todo de buena familia, sexis o acomodadas, lo lograron las revolucionarias, las indecentes, las no religiosas furibundas, las indignadas, las migrantes y de baja escala social...las que pedían mayor equidad en la vida conyugal y en la productividad...


Incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York.

El incendio de la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York el 25 de marzo de 1911 es el desastre industrial más mortífero en la historia de la ciudad de Nueva York y el cuarto en el número de muertes de un accidente industrial en la historia de los Estados Unidos.

El fuego causó la muerte de 146 trabajadoras textiles que murieron por quemaduras provocadas por el fuego, la inhalación de humo, o por derrumbes (y suicidio). 

La mayoría de las víctimas eran jóvenes mujeres inmigrantes de origen judío e italiano de entre dieciséis y veintitrés años de edad. La víctima de más edad tenía 48 años y la más joven 14 años.

La tragedia se debió a la imposibilidad de salir del edificio incendiado y en llamas ya que los responsables de la fábrica de camisas habían cerrado todas las puertas de las escaleras y salidas, una práctica común para evitar robos y altercados. 

Muchas de las trabajadoras que no pudieron escapar del edificio en llamas saltaron desde los pisos octavo, noveno y décimo a las calles.

El desastre en la fábrica textil de Triangle Shitwaist obligó a importantes cambios legislativos en las normas de seguridad y salud laborales e industriales y fue el detonante de la creación del importante Sindicato internacional de mujeres trabajadoras textiles (International Ladies' Garment Workers' Union) que lucha por mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras textiles.

El incendio ha marcado la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, después Día Internacional de la Mujer, que se celebra el 8 de marzo. 

El 8 de marzo de 2011 se celebró el centenario del Día Internacional de la Mujer y el 25 de marzo de 2011 se cumplía el centenario del desastre de la fábrica textil Triangle Shirwaist.

Año 1909 y 1910 - Proclamación del día internacional de la Mujer Trabajadora

El 28 de febrero de 1909 se celebró por primera vez en Estados Unidos el Día de las mujeres socialistas tras una declaración del Partido Socialista de los Estados Unidos.

En agosto de 1910 la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, reiteró la demanda de sufragio universal para todas las mujeres y, a propuesta de la socialista alemana Luise Zietz, se aprobó la resolución propuesta por Clara Zetkin proclamando el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

La propuesta de Zetkin fue respaldada unánimemente por la conferencia a la que asistían más de 100 mujeres procedentes de 17 países, entre ellas las tres primeras mujeres elegidas para el parlamento finés (Finlandia). El objetivo era promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio para las mujeres.

Año 1911 - Primera celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Como consecuencia de la decisión adoptada en Copenhague el año anterior, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora se celebró por primera vez el 19 de marzo en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, con mítines a los que asistieron más de un millón de personas, que exigieron para las mujeres el derecho de voto y el de ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.

Años 1913 y 1914 - Día Internacional del Mujer antes de la Primera Guerra Mundial.

En 1913, en el marco de los movimientos en pro de la paz que surgieron en vísperas de la primera guerra mundial, las mujeres de Rusia celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de dicho año. 

En 1914 en Alemania, Suecia y Rusia se conmemora por primera vez, de manera oficial, el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo. 

En el resto de Europa, las mujeres celebraron mítines en torno al 8 de marzo para protestar por la guerra y para solidarizarse con las demás mujeres.


Años 1922 a 1975 - Institucionalización del Día Internacional de la Mujer.

Después de la revolución de octubre, la feminista Alexandra Kollontai (que desde su nombramiento como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública logró el voto para la mujer, que fuera legal el divorcio y el aborto) consiguió que el 8 de marzo se considerase fiesta oficial en la Unión Soviética, aunque laborable. 

El 8 de mayo de 1965 por decreto del USSR Presidium del Sóviet Supremo de la Unión Soviética de la URSS se declaró no laborable el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Desde su aprobación oficial por la Unión Soviética tras la Revolución rusa de 1917 la fiesta comenzó a celebrarse en otros muchos países. En China se celebra desde 1922, en España se celebró por primera vez en 1936.

En 1975 la ONU comenzó a celebrar el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. 

En diciembre de 1977, dos años más tarde, la Asamblea General de la ONU proclamó el 8 de marzo como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional. 

Esta adhesión de la ONU llevó a varios países a oficializar este día dentro de sus calendarios.

Año 2011 - Centenario del Día Internacional de la Mujer

En el año 2011 se celebró el Centenario del Día Internacional de la Mujer. También comenzó a operar la Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, también conocida como ONU Mujeres 

El Día Internacional de la Mujer ha adquirido a lo largo del siglo XX una dimensión mundial para las mujeres del mundo. El movimiento internacional en defensa de los derechos de la mujer es creciente y es reforzado por la Organización de Naciones Unidas que ha celebrado cuatro conferencias mundiales sobre la mujer y ha contribuido a que la conmemoración del Día Internacional de la Mujer sea un punto de convergencia de las actividades coordinadas en favor de los derechos de la mujer y su participación en la vida política y económica.


por CORTESÍA DEL COLECTIVO DIGNIDAD

miércoles, 6 de marzo de 2013

García Márquez: “El enigma de los dos Chávez”




Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el Presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, -me dijo Chávez-, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, -contó Chávez- pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente”… le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?” le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un postgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque que sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera”.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

(Tomado de Revista Temas)

sábado, 2 de marzo de 2013

La torpeza puede ser la responsable de la extinción de los neandertales


Según el estudio, hace unos 30.000 años los restos de grandes animales, como ciervos, eran abundantes en las cuevas. Sin embargo, con la extinción de los neandertales aparecieron más restos de conejos


Los neandertales se extinguieron porque no lograron adaptarse a la caza de animales pequeños como los conejos, según el nuevo estudio realizado por el instituto Durrell Wildlife Conservation Trust de la ciudad de Trinity, Reino Unido.

Las pruebas de que nuestros parientes extintos cazaron delfines y focas aparecieron en 2008 y demostraron la sofisticación de sus hábitos alimentarios. Sin embargo, en 2009 los científicos afirmaron que los neandertales no eran bastante inteligentes para cazar peces ni aves, lo que podría haberles hecho más fácil la vida cotidiana.

El equipo de científicos a cargo de John Fa estudió los esqueletos de animales hallados en tres excavaciones arqueológicas de España y Francia.

Según el estudio, hace unos 30.000 años los restos de grandes animales, como ciervos, eran abundantes en las cuevas. Sin embargo, con la extinción de los neandertales aparecieron más restos de conejos. Así los científicos suponen que los humanos tuvieron más éxito al cambiar sus hábitos para empezar a cazar conejos.

No está claro por qué los neandertales encontraron la caza de conejos difícil. Según Fa, tendrían problemas para coordinarse. En vez de usar lanzas, los Homo sapiens aparentemente rodeaban la madriguera con antorchas, cuyo humo hacía que los conejos salieran.

Sin embargo, Bruce Hardy, científico de Kenyon College, del estado de Ohio, EE.UU., cuestiona la interpretación de Fa. Aunque admite que los Homo sapiens pudieron comer más conejos que los neandertales, ninguna de las dos especies consumía exclusivamente la carne.
Fuente/RT por cortesía de la hojilla en tv

Semblanza Revolucionaria de Alí Primera


En los 28 años de su fértil siembra

Por Ramiro Ruiz Primera
A 71 años de su nacimiento y a los 28 años de su fértil siembra en su dulce tierra paraguanera, en estos tiempos de definiciones que implacablemente incineran ideologías y nombres en exánimes cementerios de conversos; cuando tantas infamias y mentiras se levantan para en vano tratar de detener un proceso que, inexorablemente, redimirá las angustiantes condiciones de los sectores populares.
Era un hombre producto de mar y sierra. De personalidad abrasante como el sol de su península paraguanera y refrescante como la brisa que baja de la cercana serranía coriana. Cargaba sobre su conciencia de cantor todo el peso de los problemas y de las angustias de la patria. Y en su voz recia, marcada por todos los caminos de la venezolanidad, acrisolaba un mensaje combativo, telúrico, entrañable y explosivo; valiente y desafiante hasta la arenga, pero, a la vez, impregnado de una honda ternura y sensibilidad solidaria, enraizadas en palabras diáfanas y comunicadoras. Por eso todo el mundo se sentía y se siente identificado con sus canciones; por eso también, además de sentirse convocado por sus mensajes, el pueblo se siente camarada de su sombra y de su ejemplo que, cual fulgurante faro marino, aún ilumina trazos ciertos para el avance y el alcance de conquistas populares.
Alí fue y es expresión de pueblo. Y como tal, su corazón, carácter y voluntad de lucha estaban decididamente conformados, por las fibras más auténticas de su tierra y de su pueblo falconiano. Su conciencia e ideario se consolidan en su tierra paraguanera donde, desde niño, recibe las primeras lecciones revolucionarias. Su inicial periplo campesino en  su San José de Cocodite, su permanente contacto con trabajadores petroleros y su diaria interacción con los pescadores del pueblo de Las Piedras en su dura tarea artesanal, son elementos recios y esenciales que coadyuvan a su formación política y que, consecuentemente, guiarán su vida y su obra musical. Pero más allá de esa innegable raíz local, entrecruzada profundamente con surcos de medanales, su pensamiento estuvo siempre abierto –con dimensión solidaria- a las más lejanas luchas globales. Todo en él se resumía en canto de amor y denuncia y en permanente inquietud universal; porque era fundamentalmente un militante de la solidaridad ecuménica, tocado –como el Ché- por la angustia cósmica y el dolor ajeno, transido de auténticos y fraternales compromisos de hermandad.
Alí Primera (1941-1985), era un hombre hecho de solidaridad y para la solidaridad. Valor que se integraba plenamente en una canción de transparentes e inequívocos signos de combatividad, leal y comprometida, consustanciada intrínsecamente con el pueblo venezolano, el cual –sin distinción alguna- la ha tomado como propia, porque fue y seguirá siendo, una canción de permanente llamado por la unidad e identidad nacional; y, que no obstante, como río indetenible, nunca dejó de fluir en mensajes solidarios por Haití, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Uruguay, Paraguay, Colombia, Argentina, Cuba, Puerto Rico, Bolivia y Vietnam. Con ese canto, entronizado en su conciencia como irreductible barricada, toda su vida fue un constante ejercicio de patria solidaria y un tenaz e intransigente combate por la afirmación del hombre sobre territorios libres, soberanos y autodeterminados.
Esa canción de resistencia y de vanguardia, que para aquella y aún para esta época, se levanta como una herejía desafiante y propiciadora del debate, motivando la lucha tenaz y persistente por la liberación nacional, la acompaña Alí con un extraordinario esfuerzo por complementarla a través de la lucha y de la militancia crítica incansable; y, mejor aún, con la expresa intencionalidad de pensarla desde una realidad diferente a la que le dio origen y que, en la Venezuela Bolivariana de hoy, se reafirma con una vigencia premonitoria. De allí su carácter revolucionario y su contenido dialéctico de lucha que también lo enriquecía con su liderazgo y ejemplo, porque Alí Primera fue un hombre ganado para el avance tenaz y obstinado, sobre obstáculos y caminos, de escaramuzas y batallas. Un abnegado y combativo abrebrechas que, por encima de dolores y nostalgias, estaría feliz de ver concretar buena parte de su ideario con el avance crítico y sostenido de este Proceso Revolucionario.
A 71 años de su nacimiento y a los 28 años de su fértil siembra en su dulce tierra paraguanera, en estos tiempos de definiciones que implacablemente incineran ideologías y nombres en exánimes cementerios de conversos; cuando tantas infamias y mentiras se levantan para en vano tratar de detener un proceso que, inexorablemente, redimirá las angustiantes condiciones de los sectores populares venezolanos y cuando prácticamente nos asfixian con tantas y profusas campañas de desinformación en esta guerra mediática; quienes lo conocimos y compartimos sus sueños y esperanzas, sabemos que más allá de tanta podredumbre, sobrevivirá la Patria Buena de Alí Primera. Porque su canción  es una acerada barrera ideológica que, además de impulsar y dinamizar este proceso, también fortalece y resguarda sus valores y principios.

El paquete de CAP se alimentó del mito de los tigres asiáticos



Pueblo de Petare sufrió la represión de la IV República el 27-F
Pueblo de Petare sufrió la represión de la IV República el 27-F
Cortesía de ViVe Web/AVN
La fantasía promovida de los “tigres asiáticos” servía para decirle a la América Latina que se bautizaba en las aguas del neoliberalismo que se podía crecer, siempre y cuando las mayorías aprendieran a “apretarse el cinturón”.
Caracas,
Carlos Andrés Pérez planificó la toma de posesión de su segundo período de gobierno con fanfarrias que hicieron recordar la gran bonanza vivida en Venezuela en los años 70. Sin embargo, la historia del Gran Viraje tuvo muy poco que ver, en la práctica, con la tan esperada vuelta a la época del bienestar y la estabilidad añorada por los venezolanos de entonces.
La gala de dignatarios planetarios, celebrada en un espectacular Teatro Teresa Carreño, estuvo calculada desde un principio para un nuevo tiempo de la política, donde tenía una importancia casi sacramental eso que empezó a llamarse por entonces, en jerga tecnocrática, el “clima de confianza”.
Restablecer el “clima de confianza” para la inversión privada y extranjera era, según la receta que traían los “consejeros” del Fondo Monetario Internacional que se iban a incorporar al gabinete de gobierno, el paso decisivo para sacar al país de la larga crisis económica en la que se encontraba.
En una jugada que se medía por los efectos y maquillajes, el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez armó una súper de toma de posesión para devolverle al país su buena imagen ante los capitales que presuntamente no llegaban, decían los tecnócratas neoliberales, porque Venezuela había sido víctima, como el resto de los países latinoamericanos, de sus siete plagas históricas: populismo, demagogia, pobreza, autoritarismo, colectivismo, estatismo, revoluciones.
En un ambiente internacional que auguraba la victoria definitiva contra el “comunismo soviético” y la llegada del fenómeno del mercado internacional y la globalización (“un mundo, un mercado”, decía la consigna), la región latinoamericana asfixiada por la deuda externa, la quiebra de bancos, la hiperinflación (Perú, Argentina,, Brasil) y la devaluación constante de la moneda debía, según la proclama del Fondo Monetario Internacional, dar un “gran viraje”.
La fantasía neoliberal
¿Un viraje hacia dónde? Las necesidades de reinsertar a América Latina en el motor del capitalismo global pasaba por brindarle un modelo a seguir, casos “ejemplares” que sirvieran para justificar la severa agenda de cambios que se quería aplicar, es decir, darle a la población referencias concretas para asimilar la nueva cultura del reajuste económico o del “paquete” neoliberal, como después se le llamó.
En el zoológico de los organismos financieros multilaterales se encontraban como exóticas piezas del pujante capitalismo de relevo los llamados “tigres asiáticos”. La bella historia que se contaba de estos países (Hong Kong, Taiwan, Singapur, Malasia, Indonesia, Tailandia, Corea del Sur) parecía una oda al esfuerzo y los sacrificios más acérrimos en nombre del progreso económico.
La fantasía promovida de los “tigres asiáticos” servía para decirle a la América Latina que se bautizaba en las aguas del neoliberalismo que se podía crecer, siempre y cuando las mayorías aprendieran a “apretarse el cinturón”.
El milagro asiático había sido fruto, precisamente, de aquél apretarse el cinturón durante décadas. No en vano, el politólogo Samuel Huntington describía que sólo una “ética de Confusio” podía explicar la templanza de esos pueblos tan dados al trabajo y al ahorro en proporciones excesivas (y que resultó tan efectiva para la implantación de maquilas).
En la jerga macroeconómica que se puso tan de moda en aquella época, los tigres asiáticos eran los campeones del crecimiento económico (su tasa del PIB estaba alrededor del 9%), tenían dos décadas recibiendo grandes inversiones extranjeras, manteniendo tasas de inflación muy bajas, grandes niveles de ahorro y el valor de una moneda que les permitía seguir captando el flujo del capital trasnacional. ¿Qué más se le podía pedir?
Los tigres asiáticos fueron, de esta manera, el ejemplo que necesitaba la tecnocracia latinoamericana para imponer con mano de hierro sus programas de ajuste económico. La receta, macerada en el zoológico del FMI y el Banco Mundial, se basaba en que el Estado debía estrechar la cooperación con la empresa privada (promoverla, abrir mercados, privatizar, estimular la inversión), debía intervenir financieramente en la economía (garantizar el crédito al sector privado, mantener una política cambiaria atractiva que beneficiara la inversión) y crear, como dice el Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, “una burocracia tecnócrata con mentalidad consejera”.
Crecimiento con represión
Cualquier parecido con la realidad venezolana del período de CAP II no es pura coincidencia. La Carta de Intención que Venezuela firmó con el FMI un día después del Caracazo, un 28 de febrero de 1989, apuntaba precisamente a lograr estos objetivos: restricción del gasto público (con miras al ahorro), devaluación y cambio flotante de la moneda (para atraer la inversión foránea), reducción de los controles de precios, de subsidios y liberación de las tarifas de los servicios públicos, protección a la inversión extranjera, apertura a las importaciones.
Si se recuerda a la plana ministerial de clara formación tecnocrática que tuvo el gobierno de Pérez (Miguel Rodríguez, Gérver Torres, Moisés Naim, Gabriela Febres Cordero, el banquero Pedro Tinoco) podría decirse que el gobierno había puesto a sus mejores consejeros para que la empresa privada nacional e internacional, en un “ambiente de plena confianza”, se sintiera a sus anchas en Venezuela.
Lo que no se decía de los tigres asiáticos era lo mismo que se ocultaba del llamado “milagro chileno”: que las recetas del sostenido crecimiento económico sólo podían imponerse con regímenes de gobierno dictatoriales o sumamente autoritarios que pudieran aplacar la conflictividad social que los distintos paquetes económicos generaban. La fórmula del crecimiento con represión fue aupada en la Indonesia del dictador Suharto, en la Singapur del sempiterno Primer Ministro Lee Kuan Yew o en el Chile de Augusto Pinochet.
El argentino Claudio Uriarte describió en aquellos años esta amalgama de crecimiento con represión: “son países-ejército de dictaduras fuertes y ciudadanos sumisos donde el fuerte control social garantiza una eficiencia impar y la sumisión genera unas economías relucientes de diseño aerodinámico”.
La catástrofe neoliberal
En su libro De vuelta a la economía de la Gran Depresión (2009), Paul Krugman describe bien “el mito de los tigres asiáticos”. Allí el Premio Nobel explica que la fórmula asiática lo que produjo fue, en la práctica, un tipo de “capitalismo clientelista” que favorecía los negocios privados por sobre los intereses públicos. “Los tigres asiáticos disfrutaban de una cercanía sin inhibiciones entre las élites empresariales y el gobierno. Esto generó un ambiente de corrupción y favoritismo empresarial”.
El economista norteamericano John Edmunds, a la vuelta de 20 años, afirma que el ciudadano común piensa hoy que los milagros económicos de los asiáticos fueron en realidad un mito occidental. “Una cortina de oro que oculta la cotidiana realidad de las fábricas que explotan a sus empleados y habla de peligrosas condiciones de trabajo”.
Lo cierto es que el aparato de propaganda que sirvió para vender el mito de los tigres asiáticos, aupado por las élites tecnocráticas en América Latina, se desmoronó estrepitosamente en 1997, cuando se derrumbó la moneda de Tailandia y como un gigantesco castillo de naipes, lo que fuera “el sueño del capitalismo de relevo” se convirtió en una gigantesca región en ruinas.
Países que disfrutaban de las bondades de la especulación financiera internacional terminaron prácticamente quebrados. En 1996 entraron capitales por el orden de los 96.000 millones de dólares a naciones como Tailandia, Malasia, Corea del Sur y Filipinas. Al año siguiente, cuando explotó la crisis (que también se manifestó como una gigantesca burbuja inmobiliaria, al igual que la crisis de Estados Unidos y Europa en la actualidad) apenas entraron 12.000 millones de dólares.
Los estallidos sociales y las crisis económicas asociadas como “el efecto Tequila” (México, 1994), la crisis de los tigres asiáticos (1997) y la crisis rusa de 1998 se encargaron de desmentir la fantasía bondadosa de los paquetes neoliberales.
Lo que ha quedado a la vuelta de dos décadas de experiencia tecnocrática y neoliberal es un alarmante aumento de la desigualdad, la pobreza y la exclusión en todo el planeta.