jueves, 11 de octubre de 2012

Concilio de Éfeso. Año 431

III concilio ecuménico. San Celestino I. Contra el nestorianismo
 
LA OCASIÓN Y PREPARACIÓN DEL CONCILIO

La idea de este gran concilio parece que se debió a Nestorio, el obispo de Constantinopla. San Cirilo, Patriarca de Alejandría, le había acusado ante el Papa San Celestino de herejía, y el Papa había replicado el 11 de Agosto de 430 encargando a San Cirilo que asumiera su autoridad y avisara en su nombre a Nestorio de que, salvo que se retractara dentro de los diez días de la recepción de este ultimátum, se le consideraría excomulgado y depuesto. El requerimiento le fue entregado a Nestorio un domingo, el 30 de Noviembre o el 7 de Diciembre, por cuatro obispos enviados por Cirilo. Pero Nestorio estaba evidentemente bien informado de lo que era de esperar. Se consideró a sí mismo como habiendo sido calumniado ante el Papa, y optó por no entregarse en manos de Cirilo. Éste era, en su opinión, no sólo un enemigo personal, sino un teólogo peligroso, que estaba reviviendo hasta cierto punto los errores de Apolinar. Nestorio tenía influencia sobre el emperador de Oriente, Teodosio II, al que indujo a convocar un concilio general para juzgar sobre la discrepancia entre el Patriarca de Alejandría y él mismo, y trabajó tan bien que las cartas de convocatoria del emperador a todos los metropolitanos se publicaron el 19 de Noviembre, unos días antes de que los mensajeros de Cirilo llegaran. El emperador pudo tomar esta decisión sin que pareciera demasiado que favorecía a Nestorio, porque los monjes de la capital, a quienes Nestorio había excomulgado por su oposición a su enseñanza herética, habían apelado también a él para que convocara un concilio. Nestorio, por tanto, no prestó atención al ultimátum del Papa, y rechazó dejarse guiar por el consejo de someterse que su amigo Juan, el Patriarca de Antioquía, le ofreció.

El Papa estaba contento de que todo Oriente se uniera para condenar la nueva herejía. Envió a dos obispos, Arcadio y Proyecto para representarle a él y a su concilio romano, y al sacerdote romano Felipe, como su representante personal. Felipe, por tanto, tomó el primer lugar, aunque, al no ser obispo, no podía presidir. Probablemente se daba por supuesto que el Patriarca de Alejandría sería el presidente. Se ordenó a los legados que no tomaran parte en las discusiones, sino que juzgaran sobre ellas. Parece que Calcedonia, veinte años después, estableció el precedente de que los legados papales fueran siempre técnicamente los presidentes de un concilio ecuménico, y esto fue en lo sucesivo considerado como algo que se daba por supuesto y los historiadores griegos suponían que ese debió ser el caso en Nicea.

El emperador estaba ansioso por la presencia del prelado más venerado de todo el mundo, Agustín, y envió un mensajero especial al gran hombre con una carta en términos honorables. Pero el santo había muerto durante el sitio de Hipona en Agosto anterior, aunque los disturbios de África habían impedido que la noticia llegara a Constantinopla.
Teodosio escribió una carta airada a Cirilo, y una atemperada al concilio. El tono de esta última epístola y de las instrucciones dadas al comandante imperial, conde Candidiano, de ser absolutamente imparcial, son atribuidas por las Actas coptas a la influencia ejercida sobre el emperador por el Abad Víctor, que había sido enviado a Constantinopla por Cirilo para actuar como su agente en la Corte por la veneración y amistad que se sabía que Teodosio sentía por el santo varón.


LLEGADA DE LOS PARTICIPANTES A ÉFESO

Nestorio, con dieciséis obispos, y Cirilo, con cincuenta, llegaron antes de Pentecostés a Éfeso. Las Actas coptas nos cuentan que las dos partes llegaron el mismo día, y que por la tarde Nestorio propuso que todos se reunieron en el oficio de Vísperas. Los demás obispos rehusaron. Memnón, obispo de Éfeso, temía la violencia, y envió sólo a su clero a la iglesia. La mención de un tal Flaviano, que parece ser el obispo de Filipos, arroja alguna duda sobre esta historia, pues ese obispo no llegó hasta más tarde. Memnón de Éfeso tenía presentes cuarenta sufragáneos, sin contar doce de Panfilia (a los que Juan de Antioquia llama herejes). Juvenal de Jerusalén, con los obispos vecinos a quienes consideraba como sus sufragáneos, y Flaviano de Filipos, con un contingente de las regiones que consideraban a Tesalónica como su metrópoli, llegaron poco después de Pentecostés. El Patriarca de Antioquia, Juan, un viejo amigo de Nestorio, escribió para explicar que sus sufragáneos no habían podido ponerse en marcha hasta después de la Octava de Pascua. (Las Actas coptas dicen que había hambre en Antioquia). El viaje de treinta días se había alargado por la muerte de algunos caballos; realizaría las últimas cinco o seis etapas con calma. Pero no llegó, y se dijo que se estaba entreteniendo porque no deseaba unirse a la condena de Nestorio. Mientras tanto el calor era grande. Muchos obispos estaban enfermos. Dos o tres murieron. Dos de los metropolitanos de Juan, los de Apamea y de Hierápolis, llegaron y declararon que Juan no deseaba que la apertura del concilio se aplazara por su retraso. Sin embargo, estos dos obispos y Teodoreto de Ciro, con otros sesenta y cinco, escribieron un memorial dirigido a San Cirilo y a Juvenal de Jerusalén, pidiendo que se esperara a la llegada de Juan. El conde Candidiano llegó, con el decreto imperial, y adoptó la misma opinión.


EL CONCILIO PROPIAMENTE DICHO

Pero Cirilo y la mayoría determinaron abrir el concilio el 22 de Junio, al haber pasado dieciséis días desde que Juan anunció su llegada en cinco o seis. Estaba claro para la mayoría que este retraso era intencionado, y probablemente tenían razón. Aun así es lamentable que no se hicieran todas las concesiones posibles, especialmente cuando aún no habían llegado noticias de Roma. Porque Cirilo había escrito al Papa en relación con una importante cuestión de procedimiento. Nestorio no se había retractado en los diez días fijados por el papa, y por consiguiente se le trataba como excomulgado por la mayoría de los obispos. ¿Se le iba a conceder un nuevo juicio, aunque el Papa ya lo hubiera condenado? ¿O, por el contrario, meramente se le iba a dar la oportunidad de explicar o excusar su rebeldía? Uno podía presumir que el Papa Celestino, al aprobar el concilio, pretendía que Nestorio tuviera un juicio completo, y de hecho esto declaraba en su carta que aún estaba en camino. Pero como no le había llegado la respuesta a Cirilo, este santo consideró que no tenía derecho a tratar la sentencia del Papa como una cuestión de discusión ulterior, y sin duda no deseaba mucho hacerlo así.


  • Primera Sesión (22 de Junio)


  • El concilio se reunió el 22 de Junio, y San Cirilo asumió la presidencia tanto como Patriarca de Alejandría “como ocupando el lugar del santísimo y bienaventurado arzobispo de la Iglesia de Roma, Celestino”, para llevar a cabo su encargo original, que él consideraba, en ausencia de respuesta de Roma, que estaba aún en vigor.

    Por la mañana estaban presentes 160 obispos, y por la tarde se reunieron 198. La sesión comenzó con una justificación de la decisión de no retrasar más la apertura. Nestorio había sido invitado a asistir el día anterior. Respondió que iría si así lo decidiera. Ante una segunda convocatoria, que le fue remitida ahora, envió un mensaje desde su casa, que estaba rodeada de hombres armados, de que comparecería cuando todos los obispos hubieran llegado. De hecho sólo unos veinte de los sesenta y ocho que habían pedido un aplazamiento se habían unido a Cirilo, y los propios sufragáneos de Nestorio también estaban ausentes. A una tercera convocatoria no dio respuesta. Esta actitud se corresponde con su actitud original ante el ultimátum enviado por Cirilo. No reconocía a Cirilo como juez, y consideraba la apertura del concilio antes de la llegada de sus amigos de Antioquia como una flagrante injusticia.

    La sesión prosiguió. Se leyó el Credo niceno, y luego la segunda carta de Cirilo a Nestorio, sobre la cual los obispos por deseo de Cirilo, juzgaron por separado que estaba de acuerdo con la fe de Nicea, hablando sucesivamente 126. Luego se leyó la respuesta de Nestorio. Todos entonces gritaron Anatema a Nestorio. Luego se leyó la carta del Papa Celestino a San Cirilo, y después de ella la tercera carta de Cirilo a Nestorio con los anatemas que el hereje debía aceptar. Los obispos que habían entregado este ultimátum a Nestorio declararon que le habían dado la carta. Había prometido su respuesta para el día siguiente, pero no había dado ninguna, y ni siquiera les dejó entrar.

    Luego dos amigos de Nestorio, Teodoto de Ancira y Acacio de Mitilene, fueron invitados por Cirilo a dar una relación de sus conversaciones en Éfeso con Nestorio. Acacio dijo que Nestorio había declarado repetidamente dimenaion e trimenaion me dei legesthai Theon. El relato del propio Nestorio de esta conversación en su “Apología” (Bethune-Baker, p. 71) muestra que su frase debe traducirse así: “No debemos decir que Dios tiene dos o tres meses de edad.”Esto no es tan chocante como el sentido que habitualmente se ha atribuido a las palabras en la época moderna tanto como en la antigua (vg., por Sócrates, VII, xxxiv): “Un niño de dos o tres meses de edad no debería ser llamado Dios.” El primer sentido está de acuerdo con la acusación de Acacio de que Nestorio declaró:”uno debe o bien negar que la Divinidad (theotes) del Unigénito se ha hecho hombre, o bien admitir lo mismo del Padre y el Espíritu Santo.” (Nestorio quiere decir que la Naturaleza Divina es numéricamente una; y si Nestorio realmente dijo theotes y no hypostasis, tenía razón, y Acacio estaba equivocado).

    Acacio además le acusó de pronunciar la herejía de que el Hijo que murió debe distinguirse de la Palabra de Dios. Entonces se leyó una serie de extractos de los Santos Padres, Pedro I y Atanasio de Alejandría, Julio y Félix de Roma (pero estas cartas papales eran falsificaciones de Apolinar), Teófilo, el tío de Cirilo, Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nacianceno, Basilio, Gregorio de Nisa, Ático, Anfiloquio. Después de estos, se leyeron pasajes comparados de los escritos de Nestorio. Estos eran, naturalmente, piezas justificativas presentadas por Cirilo, y necesarias para informar al concilio respecto a la cuestión en litigio. Hefele ha entendido equivocadamente que los obispos estaban examinando la doctrina de Nestorio de nuevo, sin aceptar la condena del Papa como necesariamente correcta. Se presentó a continuación una admirable carta de Capreolo, obispo de Cartago, y primado de un número mayor de obispos que cualquiera de los patriarcas orientales. Escribe en medio de la devastación de África por los vándalos, y naturalmente no podía celebrar ningún sínodo ni enviar obispos. No siguió ninguna discusión (y Hefele se equivoca al sugerir una omisión en las Actas, que ya son de extraordinaria longitud para un solo día), sino que los obispos aceptaron con aclamación las palabras de Capreolo contra la innovación y en elogio de la antigua fe, y todos se adelantaron a firmar la sentencia contra Nestorio. Como la excomunión de San Celestino estaba aún en vigor, y Nestorio había rehusado con contumacia responder a la triple citación ordenada por los cánones, la sentencia se expresó como sigue:
    El santo sínodo dijo: Puesto que además del resto el muy impío Nestorio no ha querido obedecer a nuestra citación, ni recibir a los muy santos y temerosos de Dios obispos que le enviamos, tenemos necesariamente que acudir nosotros mismos al examen de sus impiedades; y habiendo entendido a partir de sus cartas y de sus escritos, y de sus recientes dichos en esta metrópoli de los que se nos ha informado, que sus opiniones y enseñanzas son impías, estando necesariamente obligados a ello tanto por los cánones [por su contumacia] como por la carta [a Cirilo] de nuestro santísimo padre y colega Celestino, obispo de la Iglesia Romana, con muchas lágrimas hemos llegado a la penosa sentencia siguiente contra él: Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos.

    Esta sentencia recibió 198 firmas, y algunas más se añadieron después. Una breve notificación dirigida al “nuevo Judas” se envió a Nestorio. Las Actas coptas nos dicen que, como no la quiso recibir, se le pegó en su puerta. Todo el asunto se concluyó en una sola larga sesión, y era tarde cuando se conoció el resultado. El pueblo de Éfeso, lleno de regocijo, escoltó a los padres con antorchas e incienso hasta sus casas. Por otra parte, el conde Candidiano tuvo noticia de la deposición arrancada, y silenció los gritos de las calles. El concilio escribió enseguida al emperador y al pueblo y clero de Constantinopla, aunque las Actas aún no habían sido escritas por completo. En una carta a los obispos egipcios en la misma ciudad y al abad Dalmacio (las Actas coptas lo sustituyen por el abad Víctor), Cirilo les pide vigilancia, pues Candidiano estaba enviando informes falsos. Se predicaron sermones por Cirilo y sus amigos, y el pueblo de Éfeso estaba muy excitado. Incluso antes de esto, Nestorio, escribiendo, con diez obispos, al emperador para quejarse de que el concilio iba a comenzar sin esperar a los de Antioquia y los de Occidente, había hablado de la violencia del pueblo, incitado por su obispo Memnón que (decía el hereje) le había cerrado las iglesias y le amenazaba de muerte.


  • Llegada de Juan de Antioquia (27 de Junio)


  • Cinco días después de la primera sesión llegó Juan de Antioquia. El partido de Cirilo envió una delegación para recibirlo honorablemente, pero Juan estaba rodeado de soldados, y se quejó de que los obispos estaban creando un tumulto. Antes de que pudiera hablarles, celebró una asamblea que designó como “santo sínodo”. Candidiano declaró que había desaprobado la reunión de los obispos antes de la llegada de Juan; había asistido a la sesión y leído la carta del emperador (de esto no hay ni una palabra en las Actas, de modo que aparentemente Candidiano estaba mintiendo). Juan acusó a Memnón de violencia, y a Cirilo de herejía arriana, apolinariana y eunomiana. Estos dos fueron depuestos por cuarenta y tres obispos presentes; los miembros del concilio serían perdonados, siempre que condenaran los doce anatemas de Cirilo. Esto era absurdo, pues la mayoría de ellos no podía entenderse sino en sentido católico. Pero Juan, que no era un mal hombre, estaba de mal humor. Se ha de señalar que ni una palabra se dijo a favor de Nestorio en esta asamblea. El partido de Cirilo se estaba ahora quejando del conde Candidiano y sus soldados, como la otra parte lo hizo de Memnón y el populacho. Ambos partidos enviaron sus informes a Roma. El emperador estaba muy dolido por la división, y escribió que debía celebrarse una sesión colectiva, y comenzar de nuevo el asunto. El funcionario que trajo esta epístola llamado Paladio se llevó de vuelta muchas cartas de ambos bandos. Cirilo propuso que el emperador mandara por él y cinco obispos, para darle un relato exacto.


  • Segunda Sesión (10 de Julio)


  • Al fin el 10 de Julio llegaron los enviados papales. La segunda sesión se reunió en la residencia episcopal. El legado Felipe inauguró el acto diciendo que la carta anterior de San Celestino, en la que había decidido la cuestión actual, ya había sido leída; el Papa había enviado ahora otra carta. Se leyó esta. Contenía una exhortación general al concilio, y concluía diciendo que los legados tenían instrucciones para llevar a cabo lo que el Papa había decidido anteriormente; sin duda el concilio estaría de acuerdo. Los Padres entonces gritaron: Este es un juicio justo. ¡Celestino el nuevo Pablo!¡Cirilo el nuevo Pablo! ¡Celestino el guardián de la Fe!¡Celestino de acuerdo con el Sínodo! El Sínodo da las gracias a Cirilo ¡Un Celestino, un Cirilo!

    El legado Proyecto dice entonces que la carta ordena al concilio, aunque éste no necesitaba instrucciones, que lleve a efecto la sentencia que el Papa ha pronunciado. Hefele interpreta esto erróneamente: “Es decir, que todos los obispos debían acceder a la sentencia papal” (Vol. III, 136). Firmo, el Exarca de Cesarea de Capadocia, responde que el Papa, mediante la carta que envió a los obispos de Alejandría, Jerusalén, Tesalónica, Constantinopla y Antioquia, había dictado hacía mucho tiempo sus sentencia y decisión; y el sínodo – al haber pasado lo diez días, y también un periodo mucho más largo – habiendo esperado más allá del día de apertura señalado por el emperador, había seguido el camino indicado por el Papa, y, como Nestorio no compareció, había ejecutado en él la sentencia papal, habiéndole infligido la pena canónica y apostólica. Esto era una réplica a Proyecto, al declarar que lo que requería el Papa había sido hecho, y es un relato preciso de la labor de la primera sesión y de la sentencia; canónica se refiere a las palabras de la sentencia, “obligados necesariamente por los cánones”, y apostólica a las palabras “y por la carta del obispo de Roma”. El legado Arcadio expresó su disgusto por la tardía llegada de su grupo, por las tormentas, y pidió ver los decretos del concilio. Felipe, el legado personal del Papa, agradeció luego a los obispos por adherirse mediante sus aclamaciones como miembros santos a su sagrada cabeza – “Pues sus santidades no ignoran que el apóstol Pedro es la cabeza de la Fe y de los Apóstoles.” El Metropolitano de Ancira declaró que Dios había demostrado la justicia de la sentencia del sínodo con la llegada de la carta de San Celestino y de los legados. La sesión se clausuró con la lectura de la carta del Papa al emperador.


  • Tercera Sesión (11 de Julio)


  • Al día siguiente, 11 de Julio, tuvo lugar la tercera sesión. Los legados habían leído las Actas de la primera sesión y ahora sólo pedían que la condena de Nestorio se leyera formalmente en presencia de ellos. Cuando se hubo hecho esto, los tres legados pronunciaron por separado una confirmación en nombre del Papa. El exordio del discurso de Felipe es célebre:

    No cabe duda a nadie, sino que se ha conocido en todos los tiempos, que el santo y bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, la columna de la Fe, el fundamento de la Iglesia Católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador y Redentor de la raza humana, las llaves del Reino, que se le dio poder de atar y desatar los pecados, que hasta este día y por siempre vive y juzga en sus sucesores. Su sucesor en orden y su representante, nuestro santo y más bienaventurado Papa Celestino...

    Fue con palabras tales como éstas ante sus ojos que los Padres griegos y los concilios hablaron del Concilio de Éfeso como celebrado “por Celestino y Cirilo”. Se leyó una traducción de estos discursos, pues Cirilo entonces se levantó y dijo que el Sínodo les había comprendido claramente; y ahora se debían presentar las Actas de las tres sesiones a los legados para su firma. Arcadio respondió que naturalmente estaban dispuestos. El sínodo ordenó que se pusieran las Actas ante ellos, y las firmaron. Se envió una carta al emperador, diciéndole cómo San Celestino había celebrado un sínodo en Roma y había enviado sus legados, que le representaban a él y a todo Occidente. Todo el mundo estaba por tanto de acuerdo; Teodosio debía permitir a los obispos volverse a sus casas, pues mucho sufrían por estar en Éfeso, y sus diócesis también debían sufrir. Sólo unos cuantos amigos de Nestorio resistían contra el juicio del mundo. Se debía nombrar un nuevo obispo para Constantinopla.

    El 16 de Julio se celebró una sesión más solemne, como la primera, en la catedral de la Theotokos. Cirilo y Memnón presentaron una protesta escrita contra el conciliábulo de Juan de Antioquia. Fue citado a comparecer, pero ni siquiera recibió a los enviados.

    Finalmente el piadoso y bienintencionado emperador llegó a la extraordinaria decisión de que debía ratificar las deposiciones decretadas por ambos concilios. Por tanto declaró que Cirilo, Memnón, y Juan estaban todos depuestos. Memnón y Cirilo fueron mantenidos en estrecho confinamiento. Pero a pesar de todos los esfuerzos del partido de Antioquia, los representantes de los embajadores que el concilio había en su momento aceptado enviar, con el legado Felipe, a la Corte, persuadieron al emperador para que aceptara el gran concilio como el único verdadero. Nestorio anticipó su destino al pedir permiso para retirarse a su antiguo monasterio. El sínodo se disolvió hacia primeros de Octubre, y Cirilo llegó en medio de mucha alegría a Alejandría el 30 de Octubre. San Celestino había muerto entonces, pero su sucesor, San Sixto III, confirmó el concilio.(ACI_DIGITAL. Autor JOHN CHAPMAN. Transcrito por Sean Hyland. Traducido por Francisco Vázquez)


    MAGISTERIO DEL CONCILIO DE ÉFESO

  • De la Encarnación l
    [De la Carta II de San Cirilo Alejandrino a Nestorio, leída y aprobada en la sesión I]


  • Pues, no decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen.


  • Sobre la primacía del Romano Pontífice

  • [Del discurso de Felipe, Legado del Romano Pontífice, en la sesión III]

    A nadie es dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, principe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados; y él, en sus sucesores, vive y juzga hasta el presente y siempre [v. 1824].


  • Anatematismos o capítulos de Cirilo

  • (contra Nestorio)

    Can. 1. Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es madre de Dios (pues dió a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema.

    Can 2. Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre se unió a la carne según hipóstasis y que Cristo es uno con su propia carne, a saber, que el mismo es Dios al mismo tiempo que hombre, sea anatema.

    Can. 3. Si alguno divide en el solo Cristo las hipóstasis después de la unión, uniéndolas sólo por la conexión de la dignidad o de la autoridad y potestad, y no más bien por la conjunción que resulta de la unión natural, sea anatema.

    Can. 4. Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las voces contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos o dichas sobre Cristo por los Santos o por Él mismo sobre sí mismo; y unas las acomoda al hombre propiamente entendido aparte del Verbo de Dios, y otras, como dignas de Dios, al solo Verbo de Dios Padre, sea anatema.

    Can. 5. Si alguno se atreve a decir que Cristo es hombre teóforo o portador de Dios y no, más bien, Dios verdadero, como hijo único y natural, según el Verbo se hizo carne y tuvo parte de modo semejante a nosotros en la carne y en la sangre [Hebr. 2, 14], sea anatema.

    Can 6. Si alguno se atreve a decir que el Verbo del Padre es Dios o Señor de Cristo y no confiesa más bien, que el mismo es juntamente Dios y hombre, puesto que el Verbo se hizo carne, según las Escrituras [Ioh. 1, 14], sea anatema.

    Can. 7. Si alguno dice que Jesús fue ayudado como hombre por el Verbo de Dios, y le fue atribuída la gloria del Unigénito, como si fuera otro distinto de Él sea anatema.

    Can. 8. Si alguno se atreve a decir que el hombre asumido ha de ser coadorado con Dios Verbo y conglorificado y, juntamente con él, llamado Dios, como uno en el otro (pues la partícula "con" esto nos fuerza a entender siempre que se añade) y no, más bien, con una sola adoración honra al Emmanuel y una sola gloria le tributa según que el Verbo se hizo carne [Ioh. 1, 14], sea anatema.

    Can. 9. Si alguno dice que el solo Señor Jesucristo fue glorificado por el Espíritu, como si hubiera usado de la virtud de éste como ajena y de Él hubiera recibido poder obrar contra los espíritus inmundos y hacer milagros en medio de los hombres, y no dice, más bien, que es su propio Espíritu aquel por quien obró los milagros, sea anatema.

    Can. 10. La divina Escritura dice que Cristo se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol de nuestra confesión [Hebr. 3, 1] y que por nosotros se ofreció a sí mismo en olor de suavidad a Dios Padre [Eph. 5, 2]. Si alguno, pues, dice que no fue el mismo Verbo de Dios quien se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol, cuando se hizo carne y hombre entre nosotros, sino otro fuera de Él, hombre propiamente nacido de mujer; o si alguno dice que también por sí mismo se ofreció como ofrenda y no, más bien, por nosotros solos (pues no tenía necesidad alguna de ofrenda el que no conoció el pecado), sea anatema.

    Can. 11. Si alguno no confiesa que la carne del Señor es vivificante y propia del mismo Verbo de Dios Padre, sino de otro fuera de Él, aunque unido a Él por dignidad, o que sólo tiene la inhabitación divina; y no, más bien, vivificante, como hemos dicho, porque se hizo propia del Verbo, que tiene poder de vivificarlo todo, sea anatema.

    Can. 12. Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne y fue crucificado en la carne, y gustó de la muerte en la carne, y que fue hecho primogénito de entre los muertos [Col. 1, 18] según es vida y vivificador como Dios, sea anatema.


  • De la guarda de la fe y la tradición


  • Determinó el santo Concilio que a nadie sea lícito presentar otra fórmula de fe o escribirla o componerla, fuera de la definida por los Santos Padres reunidos con el Espíritu Santo en Nicea...

    ...Si fueren sorprendidos algunos, obispos, clérigos o laicos profesando o enseñando lo que se contiene en la exposición presentada por el presbítero Carisio acerca de la encarnación del unigénito Hijo de Dios, o los dogmas abominables y perversos de Nestorio.. queden sometidos a la sentencia de este santo y ecuménico Concilio.. .


  • Condenación de los pelagianos


  • Can. 1. Si algún metropolitano de provincia, apartándose del santo y ecuménico Concilio, ha profesado o profesare en adelante las doctrinas de Celestio, éste no podrá en modo alguno obrar nada contra los obispos de las provincias, pues desde este momento queda expulsado, por el Concilio, de la comunión eclesiástica e incapacitado...

    Can. 4. Si algunos clérigos se apartaren también y se atrevieren a profesar en privado o en público las doctrinas de Nestorio o las de Celestio, también éstos, ha decretado el santo Concilio, sean depuestos.


  • De la autoridad de San Agustín

  • [De la Carta 21 Apostolici verba praecepti, a los obispos de las Galias, de 15 (?) de mayo de 431]

    Cap. 2. A Agustín, varón de santa memoria, por su vida y sus merecimientos, le tuvimos siempre en nuestra comunión y jamás le salpicó ni el rumor de sospecha siniestra; y recordamos que fue hombre de tan grande ciencia, que ya antes fue siempre contado por mis mismos predecesores entre los mejores maestros.


  • "Indículo" sobre la gracia de Dios, o "Autoridades de los obispos anteriores de la Sede Apostólica"

  • [Añadidas a la misma Carta por los colectores de cánones]

    Dado el caso que algunos que se glorían del nombre católico, permaneciendo por perversidad o por ignorancia en las ideas condenadas de los herejes, se atreven a oponerse a quienes con más piedad disputan, y mientras no dudan en anatematizar a Pelagio y Celestio, hablan, sin embargo, contra nuestros maestros como si hubieran pasado la necesaria medida, y proclaman que sólo siguen y aprueban lo que sancionó y enseñó la sacratísima Sede del bienaventurado Pedro Apóstol por ministerio de sus obispos, contra los enemigos de la gracia de Dios; fue necesario averiguar diligentemente qué juzgaron los rectores de la Iglesia romana sobre la herejía que había surgido en su tiempo y qué decretaron había de sentirse sobre la gracia de Dios contra los funestísimos defensores del libre albedrío. Añadiremos también algunas sentencias de los Concilios de Africa, que indudablemente hicieron suyas los obispos Apostólicos, cuando las aprobaron. Así, con el fin de que quienes dudan, se puedan instruir más plenamente, pondremos de manifiesto las constituciones de los Santos Padres en un breve índice a modo de compendio, por el que todo el que no sea excesivamente pendenciero, reconozca que la conexión de todas las disputas pende de la brevedad de las aquí puestas autoridades y que no le queda ya razón alguna de discusión, si con los católicos cree y dice:

    Cap. 1. En la prevaricación de Adán, todos los hombres perdieron "la natural posibilidad" e inocencia, y nadie hubiera podido levantarse, por medio del libre albedrío, del abismo de aquella ruina, si no le hubiera levantado la gracia de Dios misericordioso, como lo proclama y dice el Papa Inocencio, de feliz memoria, en la Carta al Concilio de Cartago [de 416]: "Después de sufrir antaño su libre albedrío, al usar con demasiada imprudencia de sus propios bienes, quedó sumergido, al caer, en lo profundo de su prevariación y nada halló por donde pudiera levantarse de allí; y, engañado para siempre por su libertad, hubiera quedado postrado por la opresión de esta ruina, si más tarde no le hubiera levantado, por su gracia, la venida de Cristo, quien por medio de la purificación de la nueva regeneración, limpió, por el lavatorio de su bautismo, todo vicio pretérito".

    Cap. 2. Nadie es bueno por sí mismo, si por participación de sí, no se lo concede Aquel que es el solo bueno. Lo que en los mismos escritos proclama la sentencia del mismo Pontífice cuando dice: "¿Acaso sentiremos bien en adelante de las mentes de aquellos que piensan que a sí mismos se deben el ser buenos y no tienen en cuenta Aquel cuya gracia consiguen todos los días y confían que sin Él pueden conseguir tan grande bien?".

    Cap. 3. Nadie, ni aun después de haber sido renovado por la gracia del bautismo, es capaz de superar las asechanzas del diablo y vencer las concupiscencias de la carne, si no recibiere la perseverancia en la buena conducta por la diaria ayuda de Dios. Lo cual está confirmado por la doctrina del mismo obispo en las mismas páginas, cuando dice: "Porque si bien Él redimió al hombre de los pecados pasados; sabiendo, sin embargo, que podía nuevamente pecar, muchas cosas se reservó para repararle, de modo que aun después de estos pecados pudiera corregirle, dándole diariamente remedios, sin cuya ayuda y apoyo, no podremos en modo alguno vencer los humanos errores. Forzoso es, en efecto, que, si con su auxilio vencemos, si Él no nos ayuda, seamos derrotados".

    Cap. 4. Que nadie, si no es por Cristo, usa bien de su libre albedrío, el mismo maestro lo pregona en la carta dada al Concilio de Milevi [del año 416], cuando dice: "Advierte, por fin, oh extraviada doctrina de mentes perversísimas, que de tal modo engañó al primer hombre su misma libertad, que al usar con demasiada flojedad de sus frenos, por presuntuoso cayó en la prevaricación. Y no hubiera podido arrancarse de ella, si por la providencia de la regeneración el advenimiento de Cristo Señor no le hubiera devuelto el estado de la prístina libertad."

    Cap. 5. Todas las intenciones y todas las obras y merecimientos de los Santos han de ser referidos a la gloria y alabanza de Dios, porque nadie le agrada, sino por lo mismo que Él le da. Y a esta sentencia nos endereza la autoridad canónica del papa Zósimo, de feliz memoria, cuando dice escribiendo a los obispos de todo el orbe: "Nosotros, empero, por moción de Dios (puesto que todos los bienes han de ser referidos a su autor, de donde nacen), todo lo referimos a la conciencia de nuestros hermanos y compañeros en el episcopado". Y esta palabra, que irradia luz de sincerísima verdad, con tal honor la veneraron los obispos de Africa, que le escribieron al mismo Zósimo: "Y aquello que pusiste en las letras que cuidaste de enviar a todas las provincias, diciendo: "Nosotros, empero, por moción de Dios, etc." , de tal modo entendimos fue dicho que, como de pasada, cortaste con la espada desenvainada de la verdad a quienes contra la ayuda de Dios exaltan la libertad del humano albedrío. Porque ¿qué cosa hiciste jamás con albedrío tan libre como el referirlo todo a nuestra humilde conciencia? Y, sin embargo, fiel y sabiamente viste que fue hecho por moción de Dios, y veraz y confiadamente lo dijiste. Por razón, sin duda, de que la voluntad es preparada por el Señor [Prov. 8, 35: I,XX]; y para que hagan algún bien, Él mismo con paternas inspiraciones toca el corazón de sus hijos. Porque quienes son conducidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios [Rom. 8, 14]; a fin de que ni sintamos que falta nuestro albedrío ni dudemos que en cada uno de los buenos movimientos de la voluntad humana tiene más fuerza el auxilio de Él".

    Cap. 6. Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que, el santo pensamiento, el buen consejo v todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, sin el cual no podemos nada [cf. Ioh. 15, 5]. Para esta profesión nos instruye, en efecto, el mismo doctor Zósimo quien, escribiendo a los obispos de todo el orbe acerca de la ayuda de la divina gracia: "¿Qué tiempo, pues, dice, interviene en que no necesitemos de su auxilio? Consiguientemente, en todos nuestros actos, causas, pensamientos y movimientos, hay que orar a nuestro ayudador y protector. Soberbia es, en efecto, que presuma algo de sí la humana naturaleza, cuando clama el Apóstol: No es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este aire, contra los espíritus de la maldad en los cielos [Eph. 6, 12]. Y como dice él mismo otra vez: ¡Hombre infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor [Rom. 7, 24 s]. Y otra vez: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue vacía en mi, sino que trabajé más que todos ellos: no yo, sino la gracia de Dios conmigo [1 Cor. 15, 10].

    Cap. 7. También abrazamos como propio de la Sede Apostólica lo que fue constituído entre los decretos del Concilio de Cartago [del año 418; v. 101 ss], es decir, lo que fue definido en el capítulo tercero: Quienquiera dijere que la gracia de Dios, por la que nos justificamos por medio de nuestro Señor Jesucristo, sólo vale para la remisión de los pecados que ya se han cometido, y no también de ayuda para que no se cometan, sea anatema [v. 103].

    E igualmente en el capítulo cuarto: Si alguno dijere que la gracia de Dios por Jesucristo solamente en tanto nos ayuda para no pecar, en cuanto por ella se nos revela y abre la inteligencia de los mandamientos, para saber qué debemos desear y qué evitar; pero que por ella no se nos concede que también queramos y podamos hacer lo que hemos conocido que debe hacerse, sea anatema. Porque, como quiera que dice el Apóstol: la ciencia hincha y la caridad edifica [1 Cor. 8, 1], muy impío es creer que tenemos la gracia de Cristo para la ciencia que hincha y no la tenemos para la caridad que edifica, como quiera que ambas cosas son don de Dios, lo mismo el saber qué hemos de hacer que el amor para hacerlo, a fin de que, edificando la caridad, la ciencia no pueda hincharnos. Y como de Dios está escrito: El que enseña al hombre la ciencia [Ps. 93, 10], así está escrito también: La caridad viene de Dios [I Ioh. 4, 7; v. 104].

    Igualmente en el quinto capítulo: Si alguno dijere que la gracia de la justificación se nos da para que podamos cumplir con mayor facilidad por la gracia lo que se nos manda hacer por el libre albedrío, como si aun sin dársenos la gracia, pudiéramos no ciertamente con facilidad, pero al cabo pudiéramos sin ella cumplir los divinos mandamientos, sea anatema. De los frutos de los mandamientos hablaba, en efecto, el Señor cuando no dijo: Sin mí con más dificultad podéis hacer, sino: Sin mí nada podéis hacer [Ioh. 15, 5; v. 105].

    Cap. 8. Mas aparte de estas inviolables definiciones de la beatísima Sede Apostólica por las que los Padres piadosísimos, rechazada la soberbia de la pestífera novedad, nos enseñaron a referir a la gracia de Cristo tanto los principios de la buena voluntad como los incrementos de los laudables esfuerzos, y la perseverancia hasta el fin en ellos, consideremos también los misterios de las oraciones sacerdotales que, enseñados por los Apóstoles, uniformemente se celebran en todo el mundo y en toda Iglesia Católica, de suerte que la ley de la oración establezca la ley de la fe. Porque cuando los que presiden a los santos pueblos, desempeñan la legación que les ha sido encomendada, representan ante la divina clemencia la causa del género humano y gimiendo a par con ellos toda la Iglesia, piden y suplican que se conceda la fe a los infieles, que los idólatras se vean libres de los errores de su impiedad, que a los judíos, quitado el velo de su corazón, les aparezca la luz de la verdad, que los herejes, por la comprensión de la fe católica, vuelvan en sí, que los cismáticos reciban el espíritu de la caridad rediviva, que a los caídos se les confieran los remedios de la penitencia y que, finalmente, a los catecúmenos, después de llevados al sacramento de la regeneración, se les abra el palacio de la celeste misericordia. Y que todo esto no se pida al Señor formularia o vanamente, lo muestra la experiencia misma, pues efectivamente Dios se digna atraer a muchísimos de todo género de errores y, sacándolos del poder de las tinieblas, los traslada al reino del Hijo de su amor [Col. 1, 13] y de vasos de ira los hace vasos de misericordia [Rom. 9, 22 s]. Todo lo cual hasta punto tal se siente ser obra divina que siempre se tributa a Dios que lo hace esta acción de gracias y esta confesión de alabanza por la iluminación o por la corrección de los tales.

    Cap. 9. Tampoco contemplamos con ociosa mirada lo que en todo el mundo practica la Santa Iglesia con los que han de ser bautizados. Cuando lo mismo párvulos que jóvenes se acercan al sacramento de la regeneración, no llegan a la fuente de la vida sin que antes por los exorcismos e insuflaciones de los clérigos sea expulsado de ellos el espíritu inmundo, a fin de que entonces aparezca verdaderamente cómo es echado fuera el príncipe de este mundo [Ioh. 12, 31] y cómo primero es atado el fuerte [Mt. 12, 29] y luego son arrebatados sus instrumentos [Mc. 3, 27] que pasan a posesión del vencedor, de aquel que lleva cautiva la cautividad [Eph. 4, 8] y da dones a los hombres [Ps. 67, 19].

    En conclusión, por estas reglas de la Iglesia, y por los documentos tomados de la divina autoridad, de tal modo con la ayuda del Señor hemos sido confirmados, que confesamos a Dios por autor de todos los buenos efectos y obras y de todos los esfuerzos y virtudes por los que desde el inicio de la fe se tiende a Dios, y no dudamos que todos los merecimientos del hombre son prevenidos por la gracia de Aquel, por quien sucede que empecemos tanto a querer como a hacer algún bien [cf. Phil 2, 13]. Ahora bien, por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera, a fin de que de tenebroso se convierta en lúcido, de torcido en recto, de enfermo en sano, de imprudente en próvido. Porque es tanta la bondad de Dios para con todos los hombres, que quiere que sean méritos nuestros lo que son dones suyos, y por lo mismo que Él nos ha dado, nos añadirá recompensas eternas. Obra, efectivamente, en nosotros que lo que Él quiere, nosotros lo queramos y hagamos, y no consiente que esté ocioso en nosotros lo que nos dió para ser ejercitado, no para ser descuidado, de suerte que seamos también nosotros cooperadores de la gracia de Dios. Y si viéremos que por nuestra flojedad algo languidece en nosotros, acudamos solícitamente al que sana todas nuestras languideces y redime de la ruina nuestra vida [Ps. 102, 3 s] y a quien diariamente decimos: No nos lleves a la tentación, mas líbranos del mal [Mt. 6, 13] .

    Cap. 10. En cuanto a las partes más profundas y difíciles de las cuestiones que ocurren y que más largamente trataron quienes resistieron a los herejes, así como no nos atrevemos a despreciarlas, tampoco nos parece necesario alegarlas, pues para confesar la gracia de Dios, a cuya obra y dignación nada absolutamente ha de quitarse, creemos ser suficiente lo que nos han enseñado los escritos, de acuerdo con las predichas reglas, de la Sede Apostólica; de suerte que no tenemos absolutamente por católico lo que apareciere como contrario a las sentencias anteriormente fijadas. (www.mercaba.org)

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