jueves, 27 de septiembre de 2012

Los filibusteros al abordaje.



En la concepción geopolítica del imperialismo, América Central no es más que un apéndice natural de los Estados Unidos. Ni siquiera Abraham Lincoln, que también pensó en anexar sus territorios, pudo escapar a los dictados del «destino manifiesto» de la gran potencia sobre sus áreas contiguas. 
A mediados del siglo pasado, el filibustero William Walker, que operaba en nombre de los banqueros Morgan y Garrison, invadió Centroamérica al frente de una banda de asesinos que se llamaban a sí mismos «la falange americana de los inmortales». Con el respaldo oficioso del gobierno de los Estados Unidos, Walker robó, mató, incendió y se proclamó presidente, en expediciones sucesivas, de Nicaragua, El Salvador y Honduras.
Reimplantó la esclavitud en los territorios que sufrieron su devastadora ocupación, continuando, así, la obra filantrópica de su país en los estados que habían sido usurpados, poco antes, a México.
A su regreso fue recibido en los Estados Unidos como héroe nacional. Desde entonces se sucedieron las invasiones, las intervenciones, los bombardeos, los empréstitos obligatorios y los tratados firmados al pie de cañón. En 1912 el presidente William H. Taft afirmaba: «No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente. Taft decía que el recto camino de la justicia en la política externa de los Estados Unidos «no incluye en modo alguno una actividad intervención para asegurar a nuestras mercancías y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones beneficiosas». Por la misma época, el ex presidente Teddy Roosevelt recordaba en voz alta su exitosa amputación de tierra a Colombia: «I took the Canal», decía el flamante Premio Nobel de la Paz, mientras contaba cómo había independizado a Panamá. Colombia recibiría, poco después, una indemnización de veintiocho millones de dólares: era el precio de un país, nacido para que los Estados Unidos dispusieran de una vía de comunicación entre ambos océanos.  
Las empresas se apoderaban de tierras, aduanas, tesoros y gobiernos: los marines desembarcaban por todas partes para «proteger la vida y los intereses de los ciudadanos norteamericanos», coartada igual a la que utilizarían, en 1965, para borrar con agua bendita las huellas del crimen de la Dominicana. La bandera envolvía otras mercaderías. El comandante Smedley D. Butler, que encabezó muchas de las expediciones, resumía así su propia actividad, en 1935, ya retirado: «Me he pasado treinta y tres años y cuatro meses en el servicio activo, como miembro de la más ágil fuerza militar de este país: el Cuerpo de Infantería de Marina. Serví en todas las jerarquías, desde teniente segundo hasta general de división. Y durante todo ese período me pasé la  mayor parte del tiempo en funciones de pistolero de primera clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y los banqueros. En una palabra, fui un pistolero de primera clase... Así, por ejemplo, en 1914 ayudé a hacer que México y en especial Tampico, resultasen una presa fácil para los intereses petroleros norteamericanos. Ayudé a hacer que Haití y Cuba fuesen lugares decentes para el cobro de rentas por parte del National City Bank... En 1909 – 1912 ayudé a purificar a Nicaragua para la casa bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916 llevé la luz a la Republica Dominicana, en nombre de los intereses azucareros norteamericanos. En 1930 ayudé a “pacificar” a Honduras en beneficio de las compañías fruteras norteamericanas». En los primeros años del siglo, el filósofo William James había dictado una sentencia poco conocida: «El país ha vomitado de una vez y para siempre la Declaración de Independencia... »

Por no poner más que un ejemplo, los Estados Unidos ocuparon Haití durante veinte años y allí, en ese país negro que había sido el escenario de la primera revuelta victoriosa de esclavos, introdujeron la segregación racial y el régimen de trabajos forzados, mataron mil quinientos obreros en una de sus operaciones de represión (según la investigación del Senado norteamericano en 1922) y, cuando el gobierno local se negó a convertir el Banco  Nacional en un sucursal del National City Bank de Nueva York, suspendieron el pago de sus sueldos al presidente y a sus ministros, para que recapacitaran.  
Historias semejantes se repetían en las demás islas del Caribe y en toda América Central, el espacio geopolítico de Mare Nostrum del Imperio, al ritmo alternado del big stick  o de  «la diplomacia del dólar».
El Corán menciona al plátano entre los árboles del paraíso, pero la humanización de Guatemala, Honduras, Costa Rica, panamá, Colombia y Ecuador permite sospechar que se trata de un árbol del infierno. En Colombia, la United Fruit se había hecho dueña del mayor latifundio del país cuando estalló, en 1928, una gran huelga a la costa atlántica. Los obreros bananeros fueron aniquilados a balazos, frente a una estación de ferrocarril. Un decreto oficial había sido dictado: «Los hombres de fuerza pública quedan facultados para castigar por las armas... » y después no hubo necesidad de dictar ningún decreto para borrar la matanza de la memoria oficial del país[1]. Miguel Ángel Asturias narró el proceso de la conquista y el despojo de Centroamérica.
El papa verde era Minor Keith, rey sin corona de la región entera, padre de la United Fruit, devorador de países. «Tenemos muelles, ferrocarriles, tierras, edificios, manantiales –enumeraba el presidente-; corre el dólar se habla el inglés y se enarbola nuestra bandera...» «Chicago no podía menos que sentir orgullo de ese hijo que marchó con una mancuerna de pistolas y regresaba a reclamar su puesto entre los emperadores de la carne, reyes de los ferrocarriles, reyes del cobre, reyes de la goma de mascar[2]». En el paralelo 42 John Dos Passos trazó la rutilante biografía de Keith, biografía de la empresa: «En Europa y Estados Unidos la gente había comenzado a comer plátanos, así que tumbaron la selva a través de América Central para sembrar plátanos y construir ferrocarriles para transportar los plátanos y cada año más vapores de la Great White Flete iban hacia el norte repleto de plátanos, y esa es la historia del imperio norteamericano en el Caribe y del canal de Panamá y del futuro camnal de Nicaragua y los marines y los acorazados y las bayonetas... ». 
Las tierras quedaban tan exhaustas como los trabajadores: a las tierras les robaban el humus y a los trabajadores los pulmones, pero siempre había nuevas tierras para explotar y más trabajadores para exterminar. Los dictadores, próceres de opereta, velaban por el bienestar de la United Fruit con le cuchillo entre los dientes. Después, la producción de bananas fue  decayendo y la omnipotencia de la empresa frutera sufrió varias crisis, pero América Central continúa siendo, en nuestros días, un santuario del lucro para los aventureros aunque el café, el algodón y el azúcar hayan derribado a los plátanos de su sitial de privilegio. En 1970 las bananas son la principal fuente de divisas para honduras y Panamá y, en América del Sur, para Ecuador. Hacia 1930 América Central exportaba 38 millones anuales de racimos y la United Fruit pagaba a Honduras un centavo de impuesto por cada racimo. No había manera de controlar el pago del mini impuesto (que después subió un poquito), ni la hay, porque aún hoy la United Fruit exporta e importa lo que se le ocurre al margen de las aduanas estatales. La balanza comercial y la balanza de pagos del país son obras de ficción a cargo de los técnicos de imaginación pródiga.

Eduardo Galeano… extracto de “las venas abiertas de América latina”  



[1] Éste es el tema de la novela de Álvaro Cepeda Samudio, La casa grande (Buenos Aires, 1967), y también integra uno de los capítulos de Cien años de soledad (Buenos Aires, 1967) de Gabriel García Márquez: “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales.
[2] El ciclo comprende las novelas Viento Fuerte, El papa verde y Los ojos de los enterrados, trilogía publicada en Buenos Aires en la década del 50. En Viento fuerte, uno de los personajes, Mr. Pyle, dice proféticamente: “Si en lugar de efectuar nuevas plantaciones, nosotros compramos a los productores particulares su fruta, se ganará mucho hacia el futuro”. Esto es lo que actualmente ocurre eb Guatemala: la United Fruti ¾ahora United Brands¾ ejerce su monopolio bananero a través de mecanismos de comercialización, más eficaces y menos riesgosos que la producción directa. Cabe notar que la producción de bananas cayó verticalmente en la década del sesenta, a partir del momento en que la United Fruti decidió vender y/o arrendar sus plantaciones de Guatemala, amenzadas por los hervores de la agitación social.

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